"La casa del dolor", por José Vicente Peiró. Insula Dramataria Josep Lluís Sirera


Víctor Sánchez, dramaturgo y director de "La Casa del Dolor"

La tercera de las obras que pudimos disfrutar en la Insula Dramataria Josep Lluís Sirera de este año fue "La casa del dolor", escrita y dirigida por Víctor Sánchez. Tras el éxito de "Nosotros no nos mataremos con pistolas", "A España no la va a conocer ni la madre que la parió" y "Cuzco", Víctor se adentra en un nuevo texto donde las relaciones familiares y los fantasmas y miedos de aquellas cosas no dichas cobran una gran presencia.

LA CASA DEL DOLOR
Autor: Víctor Sánchez Rodríguez. Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez. Reparto: Verònica
Andrés, María Caballero, Manuel Climent, Antonio Escámez, Mireia Pérez, Carles Sanjaime. Con la coordinación de Paco Zarzoso. Institut Valencià de Cultura.



"La casa del dolor", de Víctor Sánchez

Si por frases memorables queda, la del texto ‘La casa del dolor’ de Víctor Sánchez Rodríguez es posiblemente la más penetrante: “para salir hay que entrar”. No solo por ser repetida con bastante frecuencia sino porque resume el sentido de un trabajo y vuelve a demostrar que Sánchez Rodríguez escribe excelentes obras. No sé si esta tendría una mejor representación que la de la lectura dramatizada. La historia extraña de una familia, los padres Francisco y Cecilia y los hijos Julio y Julia, está llena de tensión. Es un recorrido en búsqueda de Julio, desaparecido y del que no se tienen noticias. La hermana y los padres van atravesando zonas oscuras hasta el reencuentro final, una anagnórisis ni feliz ni infeliz, que devuelve el ambiente fantástico, de sombras y onírico a la realidad. Debemos alabar la habilidad del autor con los datos escondidos, en el manejo de los itinerarios antiépicos, la ambigüedad, los puntos ocultados y el desarrollo de las tensiones entre los personajes.


En ese recorrido los personajes irán descubriendo numerosas zonas y vidas oscuras. Irán apareciendo Walter, que acude a cobrarle a Julia una deuda de su hermano. Cecilia irá a la consulta de una psicóloga y posteriormente de una médium, que le revela que no está ni muerto ni vivo, lo que incrementa el suspense. El padre acudirá al encuentro de los lugares donde se supone que se “refugió”. Le recibirán un sacerdote y un puto. La hermana vence su insomnio viendo películas melodramáticas, en concreto tres de tensas relaciones familiares, ‘Imitación a la vida’, ‘Que el cielo la juzgue’ y ‘Alma en suplicio’, cuyas protagonistas también poseen una historia familiar oscura en sus biografías, Lana Turner, Gene Tierney y Joan Crawford, que también aparecen como fantasmas ante Julia en una genial escena.


Los remates irracionales de los diálogos, como el de la flecha y el chaleco antibalas, poseen todo el ingenio necesario para ser conscientes del dominio de la sorpresa en los incidentes desencadenantes que tiene Sánchez Rodríguez. No es más que una rúbrica al excelente pulso familiar, con un desarrollo de interrogantes misteriosos. La búsqueda supone atravesar distintos espacios negros y ponzoñosos donde hay que entrar para descubrir la verdad, concepto que cimenta los discursos. Todo ello con excelentes interpretaciones de Verónica Andrés, con un monólogo lúcido y unas apariciones ante el micro que son un remate de ingenio, sobre todo la extremadamente dificultosa del karaoke, Carles Sanjaime, siempre sobrio y con una efectividad absoluta en la transmisión de la duda y el temor del hombre antiépico, y una Mireia Pérez impresionante como psicóloga, médium y cantante en el karaoke, en tres momentos memorables. Ella da en esas secuencias una elevación al texto hasta conjugar su ritmo medido. La atmósfera va recordando poco a poco ‘Nosotros no nos mataremos con pistolas’, la obra que demostró las posibilidades del autor. Los jóvenes María Caballero y Manu Climent dan lo mejor de sí mismos para construir ella a Julia y él a diversos personajes y al hijo desaparecido. Les acompaña Antonio Escámez, versátil en su adecuación a los diversos personajes, entre los que se encuentran los mencionados.


Un aspecto curioso de la obra es el discurrir entre medidas de distanciamiento extremas. La dirección subraya de forma extrema esas medidas hasta la exageración, hasta el punto de no intercambiarse objetos. Los sobres de Julia y Walter son de distinto color –que se note– y en la escena de la médium y Cecilia hay dos sudaderas idénticas. Pero este extremismo con las medidas se rompe de forma ingeniosa en el desenlace con un brindis familiar de cuatro copas de vino preparadas por Julio, quien las entrega a los padres y a la hermana. ¿Provocación, respuesta al absurdo de algunas medidas sanitarias con el teatro o simplemente un juego artístico?


Mucho Mamet en la disolución de realidad y ficción, un componente cinematográfico importante en la construcción del texto, no solo en la ilustración temática con las tres películas citadas, reminiscencias claras de ‘Electra’ de Sófocles, mucha narratividad contemporánea donde se rompe cualquier linealidad, a pesar de ser una historia de recorrido, fragmentación del discurso, y una capacidad innata para hablar de fantasmas familiares sin caer en fáciles conflictos generacionales o archisabidos con espíritus resucitados. También hay algo del Zarzoso de ese ambiente familiar fantasmagórico de ‘La piedra de la locura’ y ‘La casa de les aranyes’. Víctor Sánchez Rodríguez ha construido un texto impecable con un oficio de orfebre que pocos tienen en nuestra tierra.

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