'Los Cuernos de Don Friolera' en el Teatro Rialto



Hablar de Valle-Inclán es señalar un clásico que nos trae a la memoria grandes obras de teatro como 'Luces de Bohemia'. Dentro de la trilogía 'Martes de Carnaval', publicada en 1930, encontramos 'Los Cuernos de Don Friolera', una obra que habla del honor, de las apariencias, de la convivencia conyugal y del cinismo social. Entramos en el terreno del 'esperpento', un género que sirve para que Valle-Inclán, su fundador, haga una crítica a la sociedad de una manera genuina y particular.


Una visión que recogen muchos estudiosos es el llamado 'cubismo teatral'. La libertad que Valle-Inclán deja a los directores, en palabras de José Sancho, actor y director del espectáculo, ha permitido profundizar en la parte de atrás de los objetos, de los individuos, de los propios hechos. Estos son los mimbres y la carpintería teatral desde los que se sustenta 'Los Cuernos de Don Friolera', en la que se ha mantenido el momento en el que está situada la historia de Don Friolera, un teniente que debe defender su honor conyugal frente a las habladurías de la gente que le rodea, sobre una supuesta infidelidad de su esposa con Pachequín. Se muestra la cara cómica de la tragedia, la apariencia frente a la realidad de los hechos.


Un reparto coral de actores y actrices valencianos nos esperan en el Teatro Rialto hasta el 9 de diciembre (José Sancho, Joan Carles Roselló, José Montesinos, Paula Bares, María Albiñana, Sergio Villanueva, Juansa Lloret, Xavi Cubas, Marina Vinyals, Estela Martínez, Roger Fresquet, Alejandro Tormo, Juanjo Navarro, Noemí Sánchez y Miguel Arnau)


 'Los Cuernos de Don Friolera' hasta el 9 de diciembre en el Teatro Rialto de Valencia.


Como final de este artículo, un fragmento donde el propio Valle-Inclán explica el por qué del esperpento, en una entrevista de 1928:

“—Comenzaré por decirle a usted que creo hay tres modos de ver el mundo artística o estéticamente: de rodillas, en pie o levantado en el aire.
Cuando se mira de rodillas —y ésta es la posición más antigua en literatura—, se da a los personajes, a los héroes, una condición superior a la condición humana, cuando menos a la condición del narrador o del poeta. Así, Homero atribuye a sus héroes condiciones que en modo alguno tienen los hombres. Se crean, por decirlo así, seres superiores a la naturaleza humana: dioses, semidioses y héroes.
Hay una segunda manera, que es mirar a los protagonistas novelescos como de nuestra propia naturaleza, como si fuesen nuestros hermanos, como si fuesen ellos nosotros mismos, como si fuera el personaje un desdoblamiento de nuestro yo, con nuestras mismas virtudes y nuestros mismos defectos. Ésta es, indudablemente, la manera que más prosperaa. Esto es Shakespeare, todo Shakespeare. Los celos de Otelo son los celos que podría haber sufrido el autor, y las dudas de Hamlet, las dudas que podría haber sentido el autor. Los personajes, en este caso, son de la misma naturaleza humana, ni más ni menos, que el que los crea: son una realidad, la máxima verdad.
Y hay otra tercera manera, que es mirar al mundo desde un plano superior, y considerar a los personajes de la trama como seres inferiores al autor, con un punto de ironía. Los dioses se convierten en personajes de sainete. Ésta es una manera muy española, manera de demiurgo, que no se cree en modo alguno hecho del mismo barro que sus muñecos. Quevedo tiene esta manera. Cervantes, también. A pesar de la grandeza de don Quijote, Cervantes se cree más cabal y más cuerdo que él, y jamás se emociona con él.
Esta manera es ya definitiva en Goya. Y esta consideración es la que me movió a dar un cambio en mi literatura y a escribir los esperpentos, el género literario que yo bautizo con el nombre de esperpentos.
El mundo de los esperpentos —explica uno de los personajes en Luces de bohemia— es como si los héroes antiguos se hubiesen deformado en los espejos cóncavos de la calle, con un transporte grotesco, pero rigurosamente geométrico."

Publicar un comentario

0 Comentarios

Comentarios